¿Sabes a qué poner límites?"

¿Sabes a qué poner límites?»

En la vida, nunca nos enseñaron a poner límites. Desde pequeños, aprendemos a decir «sí» a todo, a complacer a los demás, a ser el apoyo de los demás incluso cuando nuestra energía se agota. Pero, ¿y cuándo decimos «no» por nosotros mismos? ¿Cuándo aprendemos a poner límites para proteger nuestra paz, nuestro espacio y nuestro bienestar? 

Los límites no solo son necesarios para frenar lo que nos hace daño, sino también para proteger lo que realmente importa: nuestro tiempo, nuestra energía, nuestra dignidad. Pero hay algo que se olvida en esta ecuación: ¿Sabemos poner límites también al placer? ¿Es posible que estemos tan acostumbrados a decir «sí» a todo lo que nos piden los demás, que olvidamos decir «sí» a lo que nos hace bien, a lo que nos da placer y nos permite disfrutar de nuestra intimidad sin culpa ni barreras? 

La falta de límites en nuestra vida no solo se ve en el respeto ajeno, sino también en cómo nos tratamos a nosotros mismos. Cuando no sabemos decir «no» a lo que nos afecta, tampoco sabemos decir «sí» a lo que nos pertenece: el derecho a sentir placer, a disfrutar del momento sin restricciones. 

¿Es posible poner un límite al placer? 

Cuando hablamos de placer, especialmente en la intimidad, puede ser difícil abrazar la idea de que también merecemos disfrutar plenamente, sin sentir que hay algo mal en ello. Nos han enseñado a dar sin esperar nada a cambio, pero también tenemos derecho a recibir. El placer es una forma de cuidar nuestro cuerpo, de escuchar lo que realmente nos gusta y nos hace sentir bien. Y, para poder disfrutarlo, es necesario establecer límites, no solo con los demás, sino también con nosotras mismas. 

Es hora de poner límites donde más lo necesitamos. Limitar lo que nos daña y aumentar lo que nos da placer y bienestar. Si no nos cuidamos primero a nosotras mismas, ¿cómo vamos a cuidar lo que nos rodea? 

¿Por qué no empezar hoy mismo? 

El placer no está reservado solo para unos pocos, y poner límites al respeto, a la comodidad y al disfrute de tu cuerpo es un acto de amor propio. Cuando cuidamos de nosotras mismas y nos damos el permiso de disfrutar de los momentos más íntimos, estamos reclamando nuestro derecho a vivir la vida sin restricciones innecesarias.